La estancia estaba vacía, aún así ella recorrió todos los rincones de aquella casa para cerciorarse de aquello. No podía creer lo que veían sus ojos, otra vez, otra puñetera vez su pesadilla se hacía realidad. Esta vez no lloró, esta vez no se derrumbó, fue fuerte, decidió que no valía la pena sufrir por alguien que no sentía absolutamente nada por ella. Todo el amor que tenía preparado para regalar se convirtió en odio en cuestión de segundos. No habría más oportunidades, él tuvo demasiadas y no las supo apreciar. Ninguna disculpa, ningún beso, ninguna caricia... nada podría solucionar aquello, esta vez se había pasado de la raya. Parecía estar serena, pero en realidad por dentro estaba hecha un manojo de nervios, necesitaba tranquilizarse, fue entonces cuando decidió dirigirse a la cocina y tomar una tila. Cuando llegó allí, vio una nota en el armario de las infusiones. Divisar aquel pedazo de papel, la hizo enfurecer, aunque dentro de ella, había una parte que tenía esperanzas, esperanzas de que esa nota no fuera una despedida definitiva... Se acercó, la cogió y empezó a leer en voz alta “pequeña, tranquilízate, no me he ido para no volver, ya cometí una vez ese error y no pretendo volver a hacerlo, he tenido que salir por motivos de trabajo, intenté llamarte varias veces al móvil pero lo tenías apagado. Si has llegado hasta este armario, probablemente estés furiosa, pero te compensaré a mi regreso, de momento, espero que me disculpes buscando las letras que he escondido por casa, hay trece. Nos vemos en dos días. Te quiero.” Encendió el móvil, efectivamente tenía bastantes llamadas perdidas suyas... ¿Cómo podía haber desconfiado de él? De nuevo los sentimientos dieron la vuelta y el odio dio paso al amor, que en realidad nunca se había ido. Tal y como él le dijo, se dispuso a encontrar las letras escondidas. Cuando las obtuvo todas se fijó en que detrás de cada una había un número. Supuso que ese sería el orden de colocación. Decidió juntarlas mientras se daba un baño de sales. Uno-C, dos-Á, tres-S, cuatro-A, cinco-T, seis-E, siete-C, ocho-O, nueve-N, diez-M, once-I, doce-G y trece-O. ¡Cásate conmigo! Sumergió la cabeza en el agua para poner en orden sus ideas, ¿qué iba a hacer? Sólo ella sabía la respuesta, aunque sospechaba que probablemente él también la supiera... El sonido del teléfono la hizo salir de sus cavilaciones, era él, “¿encontraste todas las letras?”, “sí”, respondió ella de inmediato, “bueno y ¿qué me dices? ¿te casarás conmigo?” No podía dudar, tenía que responder de inmediato, este era el momento que tanto había ansiado que llegara... “tengo miedo”, esa fue su respuesta, desde el otro lado del auricular un hilo de voz pronunció las palabras determinantes “yo también tengo miedo, miedo de perderte, miedo de levantarme y ver que no estás, miedo de... miedo de un mundo sin ti... si te pido que te cases conmigo, no es por capricho, es porque lo siento, siento que si no lo hago ahora, en un futuro tal vez no muy lejano te pueda perder y el simple hecho de pensar en ello me mata... te quiero tanto...” Silencio. “Sí”, “¿si qué?”, “que sí, que me caso contigo... yo tampoco podría vivir en un lugar en el que tu no estuvieras...” Las palabras de la chica, le hicieron la persona más feliz del mundo, eso era justo lo que necesitaba escuchar, en realidad, no había salido por motivos de trabajo, ni mucho menos... tenía que hacerse unas pruebas que determinarían la gravedad de aquella enfermedad que llevaba sufriendo tantos meses en silencio, el resultado, era devastador, moriría en unos seis meses y nadie podría hacer nada por remediarlo. No tenía miedo, tan solo sentía dolor por la futura pérdida de su amada y por como comunicarle la noticia que tanto mal le haría...
Colored in Wonderland II
Hace 19 horas



1 comentarios:
Ya sabes lo que pienso del texto.
GENIAL!!!
Y no te preocupes, no me pasa nada, alguna historia rara.
MUAACCCKK!!!
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